El patriarcado es una palabra que circula mucho. Se escucha en marchas, en debates, en redes sociales, en conversaciones incómodas. Está presente en discursos feministas, pero también es caricaturizada, deslegitimada o banalizada por quienes dicen que “ya no existe” o que es una exageración ideológica. Por eso, antes de seguir, vale la pena detenerse en una pregunta simple y, al mismo tiempo, profundamente política: ¿Qué es realmente el patriarcado?
En términos generales, el patriarcado es un sistema social, cultural, económico y simbólico que otorga poder, autoridad y privilegios a los varones (particularmente a los varones cis, heterosexuales, blancos) en detrimento de las mujeres y de todas las identidades que no encajan en ese modelo. No se trata solo de una cuestión de actitudes individuales o de “malas personas”. El patriarcado es una estructura, y como tal atraviesa todas las dimensiones de la vida: el trabajo, la familia, el lenguaje, la sexualidad, el deseo, la política, la justicia, los cuerpos, la violencia y también el amor.
