“En una sociedad que te avergüenza, que te persigue, el orgullo es una respuesta política.” — Carlos Jáuregui
“Salir del clóset” en el que, como sociedad, nunca debimos estar, es un acto de muchísima valentía. Hablar con padres, amigues, compañeres de trabajo… se siente como una tarea titánica que genera ansiedad, angustia y malestar. ¿Te pusiste a pensar por qué?
Sucede porque fuimos criades en una sociedad que, hasta hace poco más de 30 años, patologizaba el amor. Una sociedad construida bajo un sistema binario y patriarcal, donde no percibirse de acuerdo a la cuerpa asignada al nacer se juzga, se sanciona, se castiga.
La homofobia tiene dimensiones que exceden las fronteras argentinas: la homosexualidad sigue siendo ilegal en más de 80 países, y se castiga con pena de muerte en al menos 10. Y los números aumentan drásticamente si consideramos otros tipos de vulneraciones de derechos que sufre el colectivo LGBTIQ+ a nivel mundial.
¿Y en Argentina?
Desde el 15 de julio de 2010, con la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario (Ley 26.618), todas las personas pueden contraer matrimonio, sin importar su género. Y desde el 9 de mayo de 2012, la Ley de Identidad de Género (Ley 26.743) reconoce el derecho humano fundamental de todas las personas a ser tratadas y registradas de acuerdo a su identidad de género.
Pero en el último año, los discursos de odio, avalados por la casta política gobernante, se han incrementado de manera tan brutal que se habilitaron circunstancias como el múltiple lesbicidio de Barracas. Por eso, la Marcha del Orgullo vuelve a ponerse en el centro de la escena.
¿Cómo podría quedarme en casa, sabiendo que nuestros derechos penden de un hilo?
Si vos, queridx lectorx, no pertenecés al colectivo, quizás nunca experimentaste la vulnerabilidad de que tu identidad sea puesta en tela de juicio. Nunca sentiste el miedo a una “violación correctiva”. Nunca sufriste el rechazo y el odio de tus seres más cercanos.
Cada identidad dentro del colectivo LGBTIQ+ vive su propia lucha. En mi caso, soy una mujer con los privilegios sociales de ser cis, pero me enfrento a los desafíos de seguir deconstruyendo mi sexualidad. En carne propia, me han dicho que si salgo con hombres, no soy “suficientemente lesbiana”. Pero cuando me enamoré de Ella, era una fase que “se me iba a pasar”.
Imaginate lo que viven las identidades que divergen aún más de los estereotipos sociales. Las identidades no binaries que escapan del mandato heteronormado, patriarcal, de una sociedad que sigue sin saber cómo nombrarlas.
Y es por eso que, en un contexto donde la violencia se vive a diario, donde la homofobia y la transfobia son validadas en redes sociales, donde los gobernantes electos se ensañan con los grupos más vulnerables…
Marchar con orgullo es una respuesta política.
Porque acá estamos. Existimos. Resistimos.
Y estamos orgullosxs…
hasta que amar no requiera valentía.